Carta para los chicos que toman las escuelas

Con preocupación y tristeza asisto a la toma de la veintena de colegios en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Por motivos que siempre resultan difíciles de comprender, fogoneados por padres y adultos que les sugieren que dicha práctica es tan legítima como conveniente, y apoyados sobre los escasos lineamientos que la cartera de Educación de dicha jurisdicción hasta ahora ha compartido con la opinión pública, alumnos y líderes de agrupaciones estudiantiles han tomado (y aún mantienen) la peor de las decisiones: no educarse por unos días.

En estas pocas líneas no pretendo profundizar en las características de la citada reforma, ni tampoco extenderme en los problemas sistémicos que posee nuestro sistema educativo frente al cambio de época que el mundo está protagonizando. Si bien las tomas están atravesadas por ambas situaciones, pienso que esas líneas de argumentación han sido largamente desarrolladas por expertos, políticos y comunicadores en los últimos días, así que no las abordaré. Mi único objetivo aquí es hablarles directamente a los mismos chicos. Yo también fui joven, apasionado, impulsivo, algo irreflexivo, testarudo, y pienso que me hubiese gustado mucho que alguien me hable con el corazón y desde la experiencia, y no solamente desde el cargo que ocupa.

Chicos, luego de analizar el cuadro de situación y habiendo escuchado muchas de sus declaraciones, les hago llegar en forma genuina y desinteresada 5 consejos sencillos.

Primero, utilicen argumentos, no impulsos verbales. No hay mejor arma en una contienda verbal que la idea argumentada con solidez, explicada con claridad y acompañada con evidencias irrefutables. Para ello, en este caso, no solamente deben apoyarse en lo que creen que dice la reforma (ojo aquí, pues por el momento, nadie sabe muy bien los alcances finales ni supuestos de la misma), sino principalmente en el entramado legal y normativo que sujeta el debate en el que se han metido. No hacerlo adecuadamente los pone en condiciones desventajosas en cualquier debate público y los debilita frente a sus pares y representados.

Segundo, respeten a aquellos que no están de acuerdo con ustedes, y permitan que ellos ejerzan su derecho a recibir educación. En un estado de derecho, aun cuando otros dañen o lastimen el derecho que ustedes tienen, eso no los habilita a hacer lo propio con terceros. No se dejen guiar por el mal ejemplo de quienes amenazan la paz a través de acciones ilegales, intimidatorias, extorsivas y violentas, pues eso los habituará a hacer lo mismo desde jóvenes, y luego les costará ayudar a fortalecer un clima pacífico y armonioso de convivencia.

Tercero, entiendan la diferencia que existe entre un derecho y una conveniencia. Por derecho, la voz de ustedes no es necesaria en el debate de una reforma educativa. Hay órganos, instancias y mecanismos delineados legalmente para discutir y acordar cualquier reforma educativa, y en ellos no está considerada la participación de las voces de los jóvenes con derecho a voto. No obstante, sería criterioso de su parte pedir participar de los debates y presenciar las instancias a través de las cuales esas reformas van cobrando cuerpo conceptual y se van diseñando. Pero no lo exijan como un derecho, pues no lo es. Al menos, por el momento.

Cuarto, generen propuestas, no declaraciones. Llenar las calles y los estudios de televisión, y bloquear las escuelas es una tarea sumamente sencilla y poco ingeniosa, que además puede resultar inocua si no acompañan ese movimiento y desplazamiento de energía juvenil con propuestas claras, concretas, realizables. Sean creativos, no hagan como los grandes, que discuten mal, a los gritos y empujones, y solo logran parches temporales. Y si sus padres les dicen que lo que están haciendo está bien, pues no les hagan caso, pues no es así. En cambio, direccionen esa energía y audacia hacia causas y prácticas en donde el sistema está fallando, mientras la política y la sociedad miran para otro lado. ¿Un ejemplo? Ayuden a reducir el abandono de sus escuelas, de sus cursos. Hablen con sus pares y compañeros, ingenien un programa o mapa de los que se bajan del sistema, y pidan asistencia o recursos en la escuela para poder ayudar. Hace muchos, muchos años, si un niño no iba a la escuela, la directora le enviaba la fuerza pública a la casa para que lo traigan. ¡Así de importante fue la escuela en algún momento! Ahora nadie hace nada, y nadie espera que nadie haga algo. ¡Sean los primeros! Den un ejemplo al mundo siendo sensibles y solidarios. El 45% de los alumnos de la región abandonan la escuela secundaria antes de tiempo. ¡45%! ¿Se imaginan lo que se diría en el mundo si ustedes, con tanta energía y pasión, pudiesen dar una respuesta a este asunto? Sean creativos.

Y, por último, no malgasten su adolescencia y lo generosa que es la biología en esta etapa de sus vidas ocupándose de los asuntos de los grandulones. Ustedes pueden ser mucho mejores que nosotros, ¡mucho! Generen nuevas formas de civismo, no clonen nuestros errores y vicios. Obren con idealismo, sin dejarse contaminar por discursos políticos enviciados, deshonestos, cargados de frustración. Tuve la oportunidad de decirle esto al aire en un programa de televisión a algunos de sus colegas. Sean noticia por ganar una competencia internacional, escribir un poema, inventar un robot, crear una vacuna, o ayudar a resolver un problema de su barrio. El mundo se abrirá a sus pies si lo desean explorar, ¡háganlo! Son años preciosos y preciados, utilícenlos a su favor, y no metidos en pavadas de grandulones inmaduros. Ustedes pueden ser mucho mejores.

Estos consejos se los doy más como padre que como experto en educación. Espero que les sirva. Me encantará ver como nos superan en sensibilidad, pericia, solidaridad, preparación, ambición y capacidad de liderazgo. Pero para eso, creo que deben re encauzar su energía y lucha. Creen y crean. Sean. Ya lo charlaremos un día.

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